EL ORIGEN

Cuentan los viejos del valle que, hace siglos, en las tierras secas y polvorientas del norte de México, se erguía un molino de trigo que dominaba la región. No era un molino cualquiera: sus muros de piedra oscura, agrietados por el tiempo y el sol, parecían guardar secretos que nadie se atrevía a pronunciar.

El dueño de aquel molino era un español cruel, un hombre endurecido por la codicia y sin un gramo de compasión. Desde la aurora hasta la última luz del día, obligaba a los campesinos a trabajar sus campos. Ellos, hombres y mujeres de manos ásperas y rostros surcados por la fatiga, sembraban y cosechaban trigo sin descanso. Y, sin embargo, apenas probaban un pedazo de pan.

Historia

CAPÍTULO I / EL TIRANO DEL MOLINO

CAPÍTULO I

EL TIRANO DEL MOLINO

El molinero conocía bien el hambre: era su arma. Sabía que si negaba el uso del molino, la cosecha se pudría y la gente quedaba condenada a la inanición. Así, imponía precios abusivos por moler el grano, robándoles el fruto de su esfuerzo.

Cada saco de harina significaba el sacrificio de semanas enteras de trabajo, y lo poco que quedaba se iba en deudas, intereses y engaños. Mientras tanto, él acumulaba cofres de monedas de oro y plata que guardaba en secreto.

CAPÍTULO II / TESORO Y LAS VIDES ENVENENADAS

CAPÍTULO II

TESORO Y LAS VIDES ENVENENADAS

El molinero no confiaba en nadie. Aquel oro, ganado con sudor ajeno, lo enterró alrededor del molino, temeroso de ladrones. Sobre la tierra removida, plantó vides que parecían crecer en medio del polvo árido. A los ojos de los campesinos, esas parras eran un milagro: verdor entre la sequedad. Pero pronto corrió la voz de que no eran parras normales.

El molinero, en su retorcida malicia, había envenenado la tierra. Las raíces se impregnaron de un veneno que subía hasta las uvas, dulces en apariencia, pero mortales al tacto y al gusto.

Muchos decían que la maldad del hombre se había filtrado en la savia misma de las vides, y que quien intentara robar el tesoro enterrado moriría entre espasmos y fiebres. Así, el oro dormía bajo las viñas envenenadas, custodiado por la avaricia del español y por la tierra corrompida.

CAPÍTULO III / EL SACRIFICIO DEL PADRE

CAPÍTULO III

EL SACRIFICIO DEL PADRE

Entre los campesinos vivía un hombre con quince hijos. El mayor apenas era un joven, el menor aún mamaba del pecho de su madre. Con tantas bocas que alimentar, sus deudas con el molinero crecieron hasta ser impagables.

Una mañana, desesperado, acudió al molino con los ojos enrojecidos. Se arrodilló ante el dueño y le suplicó clemencia. El molinero, con sonrisa fría, le ofreció una solución: entregar a su hija mayor como pago.

La muchacha, de apenas diecisiete años, aceptó el sacrificio con una serenidad que sorprendió a todos. Su belleza era evidente, pero lo que más la distinguía era su mirada: profunda, astuta, como si guardara secretos más antiguos que el propio molino.

CAPÍTULO IV / EL HORROR DE LA HARINA DE HUESOS

CAPÍTULO IV

EL HORROR DE LA HARINA DE HUESOS

La vida en el molino era un tormento. El molinero trataba a su nueva esposa con el mismo desprecio con que trataba a los campesinos. Pero ella, silenciosa, observaba cada gesto, cada costumbre, cada debilidad.

Fue entonces cuando descubrió la verdad más terrible. Los campesinos, famélicos, a veces intentaban robar trigo del molino para alimentar a sus familias. El molinero los atrapaba y los asesinaba sin piedad. Los cuerpos desaparecían, y nadie en el valle podía dar razón de ellos.

La joven, al espiar una de esas noches, supo el destino de los muertos: el molinero
trituraba sus huesos junto al grano. Así producía una harina más pesada, que vendía como si fuese trigo puro. El pan amasado con ella era amargo, pero más barato.

Y así, los mismos campesinos que habían perdido a sus hermanos, sin saberlo, terminaban comiendo el pan hecho con la muerte de los suyos. Desde entonces, el molino fue llamado en susurros el Molino de Calaveras, aunque nadie se atrevía a decirlo en voz alta.

CAPÍTULO V / LOS SABERES ANCESTRALES

CAPÍTULO V

LOS SABERES ANCESTRALES

La joven esposa, sin embargo, tenía un secreto. Desde niña, su madre y su abuela le habían transmitido conocimientos antiguos: remedios con hierbas, el poder de las raíces, las propiedades de las maderas, las fuerzas ocultas de la tierra.

Eran saberes heredados de generaciones de mujeres, vinculados a la cosmovisión de los pueblos originarios, incomprensibles para los conquistadores.

El molinero amaba el vino, pero no podía beberlo: las vides estaban envenenadas. La joven, con paciencia y maestría, purificó la tierra poco a poco. Escogió las uvas menos dañadas, las mezcló con frutos rojos silvestres y especias locales, y las fermentó en toneles de maderas sagradas como el cerezo y el castaño.

"Con el tiempo, obtuvo un vino puro, de sabor intenso y limpio, capaz de embriagar los sentidos. Ese vino sería su arma."

CAPÍTULO VI / LA TRAMPA

CAPÍTULO VI

LA TRAMPA

Una noche sin luna, la joven convenció al molinero de mostrarle cómo se deshacía de los cuerpos. Orgulloso, él le reveló su secreto: la mezcla de huesos y trigo. La joven escuchó en silencio, mientras en su interior crecía la determinación de acabar con aquella pesadilla.

Días después, lo embriagó con el vino que ella misma había creado. El molinero bebió sin medida, maravillado por el sabor que nunca antes había probado. Aturdido y ebrio, apenas distinguía entre sueño y realidad.

Entonces, la joven colocó el oro recuperado en la rueda del molino, como cebo irresistible. Cuando el molinero lo vio, se lanzó sobre las monedas para salvarlas de ser aplastadas.

Fue en ese instante cuando ella accionó el mecanismo y lo atrapó entre las piedras. El molino, que tantas vidas había devorado, se volvió contra su amo. El molinero quedó triturado, como los campesinos a quienes había condenado.

CAPÍTULO VII

REDENCIÓN Y ESPERANZA

Con el tirano muerto, la joven limpió la tierra y arrancó las raíces envenenadas. Sembró nuevas vides, libres de veneno, que crecieron fuertes gracias a la tierra mexicana, fértil y poderosa.

Con el oro desenterrado, construyó toneles y prensas, y comenzó a producir un vino nuevo: generoso, vigoroso, compartido entre los campesinos. Ese vino se convirtió en símbolo de justicia y redención.

Cada sorbo recordaba el sufrimiento pasado, pero también celebraba la valentía de la joven que había desafiado al mal. El molino, antes lugar de muerte, se transformó en un santuario de vida.

Y ASÍ NACIÓ LA LEYENDA

"Con el tiempo, obtuvo un vino puro, de sabor intenso y limpio, capaz de embriagar los sentidos. Ese vino sería su arma."